El carro de la compra
Muchas veces pienso, y ayer lo volví a constatar, que trabajo 11 meses al año como un cabrón para que lleguen momentos como éstos: llenar un carro en el Carrefour un sábado por la mañana sin agobiarte por el precio de los productos, comer fuera de casa con la contraria sin mirar a la derecha de la carta, volver al redil a echarte una siesta sin una preocupación acuciante, pasando el día cadencioso y sin pensar -que dirían los Gabinete-, o permitirse el pequeño lujo de unas cortas vacaciones en el pueblo o la casa de tu familia en la costa.

La compra de ayer en el super. Completita.
Así nos han enseñado a vivir y éste es el pan que ganas con el sudor de tu frente. La recompensa. No se si es triste o no alegrarse por todo esto, en principio, objetivos básicos del proletariado por cuenta ajena y nada pretenciosos o glamurosos. Vivir dignamente y punto. Pero tal y como está el patio a mí no me produce ningún complejo intelectual alegrarme de la normalidad.
Tengo que reconocer que me da muy buen karma llenar el carro de la compra. Mucha gente no puede hacerlo regularmente. Y ya si te lo llevan a casa, pues la leche oiga ...
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