24 julio 2013

Relativizando las cartas abiertas

Y 20 minutos después de haber posteado la anterior entrada, con el máximo desencanto que he podido transmitir y que siento en estos momentos, escribo esta otra. Después de ver el horror y la desgracia del tremendo y fatal accidente que ha ocurrido hace unas horas en la estación de Santiago, te das cuenta de que, por muy mal que estés, que lo estás, por muy mal que te vayan las cosas, que te van, lo más valioso que tienes es la vida.

Y esta noche muchas personas (35 al menos) que han entrado en ese Tren Alvia Madrid-Ferrol, la han perdido. Todo lo que me pasa me duele en el alma, pero mañana sale el sol, y sigo viviendo. Y eso te hace mirar todo con otra perspectiva. Yo uso el tren todos los días, nos puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Lo malo es que tengan que suceder estas desgracias para darse cuenta de ello. Vivimos en nuestra burbuja. Sí, es lo que nos importa, pero a veces la vida te devuelve a lo único verdaderamente importante. Vivir.


Fuente: EFE/El Pais


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24 junio 2010

Los fatídicos cinco minutos

La tragedia más absoluta, el desencanto más tremendo, el dolor más profundo, muchas veces está en cinco fatídicos minutos. Ese breve lapso de tiempo puede separar la vida de la muerte. Esperar cinco minutos y pasar por donde se debe o cruzar. Pisar un poco más el acelerador o llegar cinco minutos más tarde. Se hace todos los días, lo hacemos tú y yo. Y nunca pasa nada. Nunca nos pasa a nosotros. Pero en un mal día, cinco minutos pueden costar una vida. O doce.


Imagen: Reuters


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24 enero 2008

Músicos ambulantes

Ir en tren por la mañana al trabajo cada día es un continuo Déjà vu para un servidor, siempre hago lo mismo y en el mismo orden. Llego a la estación en el autobús urbano, me coloco estratégicamente para sentarme, me pongo a leer los tres periódicos gratuitos que cojo todas las mañanas y cuando me canso de leer simplemente cierro los ojos e intento no pensar en nada (hay días que lo consigo y días que no). En 40 minutos de trayecto muy pocas cosas me pueden sorprender, pero siempre está la excepción que confirma la regla.


Foto: arimoore (flick)

Esta mañana, a mitad de viaje, entraron dos músicos ambulantes en mi vagón, andinos ellos. Portaban guitarra y flauta. La pinta no era mala en absoluto, ropa decente y bastante aseados para lo que se lleva en el gremio. Echan un vistazo para ver si había algún segurata, se colocaron en el centro del vagón, saludaron ante la indiferencia total de los viajeros y comenzaron a interpretar una increible versión de Batacha Rosa de Juan Luis Guerra, haciendo unos coros buenísimos el de la flauta y cantando acojonantemente bien el de la guitarra. El volumen justo, ni muy bajito para no oirlo ni muy alto como para molestar. Los solos de flauta, una pasada, y el acompañamiento de guitarra, muy digno. Además coincidió en una de esas largas y aburridas paradas antes de entrar a la estación de Chamartin, lo que contribuyó a que se oyera todavía mejor.

Lo que al principio era indiferencia de los viajeros, según va progresando la canción se torna en interés y veo a varios que comienzan a rascarse el bolsillo. Estupenda interpretación que tiene su premio. Y yo, por supuesto, acoquino religiosamente. Ya lo he dicho por aquí alguna vez, A los pedigüeños porque sí nunca les doy nada pero los músicos ambulantes, y en particular los que se lo curran, tienen todo mi respeto y siempre les dejo unas monedas, porque realmente te ofrecen algo y se lo trabajan.

En fin, esos dos tipos anónimos me alegraron lo que quedaba de trayecto esta mañana, y para ellos va este post.

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13 marzo 2007

Ripio del cercanías

En la soledad del cercanías, voy y vengo todos los días. Hora y media de ida, y otro tanto de venida. No pasa la vida deprisa, no hay gente conocida. Sigo perdiendo el tiempo, escribiendo tonterías, mientras llega el cercanías ...

Cercanias


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