24 enero 2008

Músicos ambulantes

Ir en tren por la mañana al trabajo cada día es un continuo Déjà vu para un servidor, siempre hago lo mismo y en el mismo orden. Llego a la estación en el autobús urbano, me coloco estratégicamente para sentarme, me pongo a leer los tres periódicos gratuitos que cojo todas las mañanas y cuando me canso de leer simplemente cierro los ojos e intento no pensar en nada (hay días que lo consigo y días que no). En 40 minutos de trayecto muy pocas cosas me pueden sorprender, pero siempre está la excepción que confirma la regla.


Foto: arimoore (flick)

Esta mañana, a mitad de viaje, entraron dos músicos ambulantes en mi vagón, andinos ellos. Portaban guitarra y flauta. La pinta no era mala en absoluto, ropa decente y bastante aseados para lo que se lleva en el gremio. Echan un vistazo para ver si había algún segurata, se colocaron en el centro del vagón, saludaron ante la indiferencia total de los viajeros y comenzaron a interpretar una increible versión de Batacha Rosa de Juan Luis Guerra, haciendo unos coros buenísimos el de la flauta y cantando acojonantemente bien el de la guitarra. El volumen justo, ni muy bajito para no oirlo ni muy alto como para molestar. Los solos de flauta, una pasada, y el acompañamiento de guitarra, muy digno. Además coincidió en una de esas largas y aburridas paradas antes de entrar a la estación de Chamartin, lo que contribuyó a que se oyera todavía mejor.

Lo que al principio era indiferencia de los viajeros, según va progresando la canción se torna en interés y veo a varios que comienzan a rascarse el bolsillo. Estupenda interpretación que tiene su premio. Y yo, por supuesto, acoquino religiosamente. Ya lo he dicho por aquí alguna vez, A los pedigüeños porque sí nunca les doy nada pero los músicos ambulantes, y en particular los que se lo curran, tienen todo mi respeto y siempre les dejo unas monedas, porque realmente te ofrecen algo y se lo trabajan.

En fin, esos dos tipos anónimos me alegraron lo que quedaba de trayecto esta mañana, y para ellos va este post.

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28 noviembre 2007

El desencanto del músico ambulante

Venía yo en metro hoy de vuelta a casa cuando entra un músico ambulante en el vagón, violín en mano. Desgarbado, mediana edad, algo sucio y con mirada melancólica, saluda en un susurro y comienza a interpretar. De ese violín que parecía de no muy buena calidad comienzan a salir notas deliciosas, diría incluso virtuosas. Sorprende que músicos de esa calidad malvivan en el metro madrileño. El indigente se transforma en artista y el hombre lo vive, se ve que disfruta con la interpretación, pese a haber tocado posiblemente la misma pieza un millón de veces.


Tenía ya preparada la moneda para dársela (por principio, solo doy dinero a la persona que me ofrece su arte, ejemplo ) pero de repente entró de sopetón un vigilante de seguridad y sacó al músico del vagón sin darle tiempo a recoger la justa recompensa al trabajo realizado. No fue nada forzado ni violento. El vigilante se comportó correctamente y el músico obedeció sin rechistar.

Mientras el metro seguía su camino, pude notar el desencanto en la mirada del músico, una mezcla de resignación y tristeza infinita alejándose en el andén de Rios Rosas y el vigilante a su vera, camino de la salida. Dura vida ésta ...

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