Encontrando la belleza
Incluso la podemos encontrar en el desencanto. Como ya hemos comentado más de una vez, la belleza es tu cabeza ...
Etiquetas: belleza, cabeza, desencanto, paranoias mentales
Incluso la podemos encontrar en el desencanto. Como ya hemos comentado más de una vez, la belleza es tu cabeza ...
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Reconozco que me gusta ejercer la nostalgia. Con moderación, eso sí, pero sin tregua. Cada vez recurro más a sus servicios. Supongo que cuando nos vamos haciendo mayores y caen los años a la saca uno detrás de otro, se tiende a tirar de la nostalgia cuando se necesita. Y tal y como vienen dadas, se necesita, y bastante.

Ahora que me acerco peligrosamente al cambio de dígito en las decenas, noto que sin razón aparente me pongo a recordar momentos pretéritos de efímera felicidad, incluso de mi adolescencia más lechona. No es que defienda el "cualquier tiempo pasado fue mejor", que realmente no es así si se reflexiona mínimamente. No hay que engañarse. Tendemos a idolatrar nuestro pasado y solo nos acordamos de lo bueno (el cerebro es muy selectivo). Realmente todas las épocas vitales tienen sus cosas buenas y sus cosas reguleras, pero estos ejercicios de nostalgia, siempre que no se abuse de ellos, reconfortan.
Y hoy precisamente me ha vuelto a pasar. Tener una buena parte de las fotos de tu vida escaneadas y al alcance de un clic es demasiado tentador. Aquellos maravillos años ...
Etiquetas: cuarentena, nostalgias, paranoias mentales, recuerdos
Anteayer volvía en metro a casa después del curro. Es una de las posibilidades, o Cercanías, o metro y bus. Casi nunca elijo la segunda opción, aunque se tardan 10 minutos menos suele ser un trayecto más incómodo. Y, a mis años, uno ya es más cómodo que otra cosa. Sin embargo a veces elijo metro para variar un poco, ver todos los días las mismas caras y los mismos gestos tampoco es recomendable.

El caso es que, de repente, montado en el vagón de metro, linea 1 dirección Pinar de Chamartin, entra en una de las estaciones un chaval de unos 25 años más o menos (que mal se me da poner edad a la gente), con buen aspecto, que llevaba un cuaderno de estos grandes de Centauro abierto. Al principio no le di mayor importancia, ni siquiera me fijé en él, pero de pronto se para al lado mío y comienza a hacer cosas raras. Saca un boli BIC rojo y empieza a rayar compulsivamente el cuaderno, subiendo y bajando la cabeza y mirando al plano del metro. Miré el cuaderno y solo eran rayones. 15 segundos depués se va a la puerta contraria y empieza a dibujar el sistema de detención manual del metro. Más rayones. Se le notaba nervioso e hiperactivo. Cuando el metro paraba en una estación, sacaba la cabeza por la puerta y se ponía a dibujar la publicidad.
Aunque el chaval parecía totalmente inofensivo, yo me estaba empezando a poner pelín nervioso. Y conmigo, otros tantos viajeros que observaban la jugada. Siempre esperas que este tipo de gente baje en la próxima estación, pero nunca se bajan. Y más todavía cuando, de repente, el dibujante se vuelve y en voz alta le dice a una chica que estaba sentada, "¿Te puedo dibujar?". No entendí lo que le dijo la chica, pero el tío comenzó a retratarla, con la misma habilidad que en sus trabajos anteriores. 10 segundos después, le pregunto a una segunda persona, y luego a una tercera. Y yo diciendo, "que no me toque, que no me toque".
Afortunadamente, me pude cambiar de vagón antes de que me retratara.
PD: Como me paso la vida en el transporte público, de vez en cuando me topo con todo tipo de especímenes, verbigracia alguno de éstos, o éste otro, o éste.
Etiquetas: bic cristal, colgaos, metro de madrid, paranoias mentales, perturbados
Ayer por la tarde sacaba dinero de un cajero con la Sra. Bedel. Aunque ella ya conocía alguna de mis manías al respecto, se volvió a quedar alucinada con mis rituales cuando me enfrento a este aparato del demonio.

Lo primero que hago al llegar a las inmediaciones del cajero en cuestión es una valoración rápida de su localización. Es importante ver donde está colocado (en una esquina es peor, con poca luz si es de noche, también), si pasa mucha gente o poca, etc. Después me acerco y hago una inspección interior. Veo si hay cámaras arriba o en los laterales, miro dentro de la ranura de la tarjeta a ver si hay algún lazo libanés, o una segunda ranura utilizada para hacer skimming. Por último reviso la boca de salida de los billetes para ver si hay silicona.
Una vez realizado esta check-list, pasamos a la fase propiamente dicha de sacar el dinero. Esta fase debe ser muy rápida, cuanto menos tiempo se pase delante del cajero mucho mejor. Antes de sacar el dinero hay que tener claro cuanto se quiere sacar, no podemos dudar en los menús. Se desaconseja mirar saldos y movimientos salvo que no haya otro remedio. Para eso está la banca online.
Procedo a mirar a izquierda, derecha y atrás para valorar si hay alguien demasiado cerca y saco la cartera, colocándola delante de mí. Saco la tarjeta y la introduzco en el cajero sin vacilaciones. Al meter el pin tapo con una mano el teclado mientras tecleo con la otra (interesante hacer esto por si hay cámaras muy ocultas). Elijo la cantidad a sacar y valoro si la comisión es aceptable (casi siempre lo es, porque si sacas pasta en otro banco es que no había uno tuyo cerca y suele compensar pagar ese plus que pegarse una pateada buscándolo).
Cuando sale el dinero y el ticket (siempre llevárselo y nunca tirarlo cerca del cajero) lo guardo rápidamente en la cartera, mirada a izquierda y derecha otra vez y recogida de la tarjeta. Nunca está de más, cuando abandonas el cajero, un último vistazo atrás por si las flais.
La Sra. Bedel dice que soy un paranoias y que la gente que me vea hacer todo eso se va a descojonar. Y quizás tenga razón en ambas opiniones, pero que le vamos a hacer, uno no puede luchar contra sus manías.
Etiquetas: cajeros automáticos, dinero, manías, paranoias mentales, seguridad
Tenemos el mismo horario laboral y trabajamos por la misma zona. Me la encuentro, día sí día también, en la parada del autobús de la EMT que nos lleva a nuestras respectivas ocupaciones. Es raro el día que no la veo.
La verdad es que tardé bastante tiempo en fijarme en ella, no suelo ser muy observador a las ocho de la mañana (imbuido en mis pensamientos, mis mp3 y mi radio suelo ir bastante despistado) pero poco a poco me dí cuenta que coincidíamos todos los días y comencé a prestarle algo más de atención.

Es atractiva, no puedo negarlo (aunque ese detalle, que de manera natural ayudaría a fijar atenciones, no es importante en este caso). Con el tiempo me sabía de memoria su fondo de armario y jugaba a adivinar, en función de su vestimenta, su maquillaje, su comunicación corporal y su cara (que es el espejo del alma), su estado de ánimo. Hoy está contenta. Hoy tiene un mal día. Hoy ha tenido bronca en casa. Hoy desborda vitalidad.
Últimamente ella también me mira a mí, no se si porque observar a otra persona se nota por muy de refilón que lo hagas, o porque está tan aburrida como lo estoy yo y también observa. Me pregunto que estará pensando esos diez minutos que tarda el trayecto y resuelvo que seguramente en cosas muy parecidas a las que pienso yo, en su chico, en su inaguantable jefe, en las vacaciones, en que tiene que cambiar los muebles del salón, en la hipoteca o el alquiler, en la compra, en sus infelicidades y sus metas, en la vida en definitiva. Incluso, rizando el rizo, podría pensar, aunque fuera por un segundo, en como sería la vida de ese gordinflón con chaqueta talla 60 y corbata horrible que se sienta todos los días en el fondo del autobús y de vez en cuando la mira.
Ni por un momento se me ha ocurrido ir un poco más allá. Ni aguantar miradas, ni sonrisitas, ni mucho menos propiciar un acercamiento que acabe en conversación. Básicamente por dos razones, porque uno ya esta mayor para ir de ligoncete de autobús de cuarta y ya tengo cubierta la necesidad afectiva maslowediana con la Sra. Bedel (además con lo adefesio que soy, ni siquiera me lo planteo, me daría calabazas ipsofactamente que diría un amigo mío) y, sobre todo, porque se perdería el halo de misterio, esa especie de magnetismo que surge cuando ambos coincidimos y comenzamos ese juego de imaginaciones mutuas, esa comunicación telepática efímera y rutinaria a la vez, que se repite todos los días pero que todos los días es diferente, interesante, atractiva.
Nunca hablaré con ella. Nunca sabré su nombre. Ella tampoco el mío. Un día quizás no la volveré a ver más, pero siempre será la chica del autobús.
Etiquetas: paranoias mentales